Modelo Educativo

MODELO EDUCATIVO MARISTA

Humanista Sociocognitivo

Es Humanista

porque considera en el centro de la tarea educativa a la persona de manera integral, haciendo énfasis en el desarrollo de la cognición y de la afectividad por igual.

Es Social

porque reconoce que el aprendizaje está determinado por el contexto de las personas, por las interacciones entre ellas y por la finalidad misma de la educación orientada al bien común.

Es Cognitivo

porque explica y aclara los procesos, capacidades, destrezas y habilidades que se necesitan para aprender.

PEDAGOGÍA MARISTA

El carisma de Marcelino ha trascendido su época y su persona y ahora forma parte de nuestro estilo educativo. Una escuela Marista se caracteriza como tal porque en ella encontramos elementos que nos proveen de una esencia propia.

ESPÍRITU DE FAMILIA

El carisma de Marcelino ha trascendido su época y su persona y ahora forma parte de nuestro estilo educativo. Una escuela Marista se caracteriza como tal porque en ella encontramos elementos que nos proveen de una esencia propia.

“Marcelino Champagnat trasmitió a los primeros hermanos un modo de relacionarse basado en el ejemplo de María. Vivían un ambiente familiar, de hogar, de cercanía…»

«Ese sentimiento de fraternidad iba con ellos a donde fueran y formaba parte del estilo educativo de sus escuelas. A esta forma de relación la llamamos espíritu de familia” (ETMM, 68).

Por ello la opción por el grupo es un elemento fundamental en nuestras escuelas. El grupo tiende a ser formativamente numeroso, heterogéneo y diverso. En él se aprende a resolver conflictos, a generar acuerdos, a participar democráticamente, a apoyar, a tolerar. En el grupo nos descubrimos a nosotros mismos y a los demás, ahí se practica el amor cristiano de forma cotidiana y doméstica: el grupo es semilla de comunidad.

PROTAGONISMO JUVENIL

La pedagogía marista considera al joven no sólo como un destinatario, sino como agente educativo de otros jóvenes y de la sociedad misma. Junto con los jóvenes hermanos, Marcelino, “elaboró y perfeccionó un sistema de valores educativos tomando como modelo a María” . MEM 24

El protagonismo infantil y juvenil implica reconocer que las niñas, niños, adolescentes y jóvenes pueden opinar y decidir respecto a los procesos educativo-evangelizadores, sus propias vidas y los asuntos sociales. Para ello es necesario posibilitar que vayan desarrollando una serie de capacidades, destrezas y actitudes, como buscar y analizar información adecuada para hacerse un juicio propio; comunicarse asertivamente y escuchar a los demás; hacerse tomar en cuenta en las decisiones que les afectan o interesan, con respeto y responsabilidad: reunirse y organizarse con y/o sin la mediación adulta, por iniciativa propia o invitación.

PRESENCIA

Tal vez el rasgo más conocido de la pedagogía marista es la presencia. Es una actitud que Marcelino retoma de María, la Buena Madre, siempre presente. La presencia lleva consigo la inmensa riqueza afectiva de la personalidad del educador. La presencia del educador crea ambiente y, antes de que palabra oportuna, es una actitud que propicia confianza. La confianza posibilita la escucha y el diálogo, y abre los corazones a los demás.

Si Marcelino afirmaba con frecuencia que para educar a un niño había que amarlo, hoy estamos ciertos que la presencia es la mejor manera de hacer manifiesto ese amor, por ella el alumno se sabe querido: esto es el requisito de una relación de confianza mutua.

HUMILDAD, SENCILLEZ Y MODESTIA

“La humildad es un elemento base para la relación y la intercomunicación, porque va ligada al conocimiento de sí. Significa saber y aceptar la verdad sobre nosotros mismos, con toda honestidad, liberándonos de la vanidad y del engaño. La sencillez tiene que ver con la manera de llevar a la vida esa verdad sobre uno mismo, manifestándonos con una transparencia personal que permite a los demás conocernos y relacionare con nosotros tal como somos. La modestia puede entenderse como resultante de la humildad y la sencillez, particularmente visible en el respeto con que tratamos a los otros, en la delicadeza que mostramos para con ellos, y en lo que decimos y hacemos” . Cir. 400.

SOLIDARIDAD

La solidaridad es un percibirse “con”, y “a” los otros, como parte de la comunidad humana. Es un vínculo entre personas, el reconocimiento de la igualdad al sabernos hijas e hijos de Dios. Como principio ético, la solidaridad se manifiesta en la justa distribución de los bienes y por lo tanto, en una organización social que no genere exclusión. Como virtud cristiana, se traduce en una actitud moral que detona compromiso y acción a favor de la vida de los otros.

Todos estamos llamados a preocuparnos por el destino de los demás. En síntesis, implica un percibirse, comprometerse y actuar.
Esta apuesta por una solidaridad transformadora consiste entonces en trabajar a distintos niveles y modalidades: acciones directas, de promoción, de incidencia, el desarrollo de proyecto y análisis de la realidad.

AMOR AL TRABAJO

Los grandes logros son fruto de sueños, fe en Dios y trabajo constante. Bajo esta óptica, en nuestra escuela se generan ambientes que invitan al trabajo alegre, y esperanzador que busca frutos, que valora tanto el resultado como el proceso, es decir el trabajo mismo.

Este ambiente de trabajo sólo se puede lograr con el concierto de todos los educadores. Los maestros, con su ejemplo, son testimonio de constancia, esfuerzo y colaboración (MEM 113). El amor a su trabajo les dignifica día a día.