Pedagogía Marista

El carisma de Marcelino ha trascendido su época y su persona y ahora forma parte de nuestro estilo educativo. Una escuela Marista se caracteriza como tal porque en ella encontramos elementos que nos proveen de una esencia propia.

1. Espíritu de Familia Marcelino Champagnat trasmitió a los primeros hermanos un modo de relacionarse basado en el ejemplo de María. Vivían un ambiente familiar, de hogar, de cercanía. Ese sentimiento de fraternidad iba con ellos a donde fueran y formaba parte del estilo educativo de sus escuelas. A esta forma de relación la llamamos Espíritu de Familia” Por ello la opción por el grupo es un elemento fundamental en nuestras escuelas. El grupo tiende a ser formativamente numeroso, heterogéneo y diverso. En él se aprende a resolver conflictos, a generar acuerdos, a participar democráticamente, a apoyar, a tolerar. Ahí se desarrollan diversos valores como la fraternidad, el respeto y la solidaridad. Se descubren a si mismos y a los demás. El grupo es semilla de comunidad.

2. Protagonismo Juvenil El protagonismo infantil y juvenil implica reconocer que las niñas, niños, adolescentes y jóvenes pueden opinar y decidir respecto a los procesos educativo-evangelizadores, sus propias vidas y los asuntos sociales. Para ello es necesario posibilitar que vayan desarrollando una serie de capacidades, destrezas y actitudes, como buscar y analizar información adecuada para hacerse un juicio propio; comunicarse asertivamente y escuchar a los demás; hacerse tomar en cuenta en las decisiones que les afectan o interesan, con respeto y responsabilidad; reunirse y organizarse con y/o sin la mediación adulta, por iniciativa propia o invitación. El protagonismo es una manera específica de participación. La participación es un derecho en sí mismo y un medio para garantizar una serie de derechos. La participación no se impone, se anima, facilita y acompaña.

3. Presencia Tal vez el rasgo más conocido de la pedagogía marista es la presencia. Es una actitud que Marcelino retoma de María, la Buena Madre, siempre presente. La presencia lleva consigo la inmensa riqueza afectiva de la personalidad del educador. La presencia del educador crea ambiente y, antes que palabra oportuna, es una actitud que propicia confianza. La confianza posibilita la escucha y el diálogo, y abre los corazones a los demás.

4. Humildad, Sencillez y Modestia El símbolo de las tres violetas en el escudo marista representa un modo de ser que seLogo Marista desprende del espíritu evangélico de humildad. Sencillez, humildad y modestia son una forma de dejar que “Dios actúe a través de nosotros” y de “hacer el bien sin ruido”.

La humildad es un elemento base para la relación y la intercomunicación, porque va ligada al conocimiento de sí. Significa saber y aceptar la verdad sobre nosotros mismos, con toda honestidad, liberándonos de la vanidad y del engaño. La sencillez tiene que ver con la manera de llevar a la vida esa verdad sobre uno mismo, manifestándonos con una transparencia personal que permite a los demás conocernos y relacionarse con nosotros tal como somos.

La modestia puede entenderse como resultante de la humildad y la sencillez, particularmente visible en el respeto con que tratamos a los otros, en la delicadeza que mostramos para con ellos, y en lo que decimos y hacemos”. Esta “violetas” del ser marista “se manifiestan en el trato con los jóvenes, a través de una relación auténtica y directa, sin pretensión ni doblez. Orientamos a los jóvenes para que las adopten como valores para sus propias vidas, animándoles a ser ellos mismos en cada situación, a ser abiertos y sinceros, y fuertes en sus convicciones. 

5. Solidaridad La solidaridad es un percibirse “con”, y “a” los otros, como parte de la comunidad humana. Es un vínculo entre personas, el reconocimiento de la igualdad al sabernos hijas e hijos de Dios. Como virtud cristiana, se traduce en una actitud moral que detona compromiso y acción a favor de la vida de los otros. Todos estamos llamados a preocuparnos por el destino de los demás. En síntesis, implica un percibirse, comprometerse y actuar. Educamos para la solidaridad, “presentándola como la virtud cristiana de nuestro tiempo [y] como un imperativo moral para toda la humanidad en el marco de la interdependencia universal actual.

6. Amor al trabajo La Escuela Marista, a ejemplo de San Marcelino, propone el trabajo como vía privilegiada para el desarrollo pleno de la persona y como elemento constitutivo de la dignidad humana. Los grandes logros son fruto de sueños, fe en Dios y trabajo constante. Bajo esta óptica, en nuestras escuelas se generan ambientes que invitan al trabajo alegre, y esperanzador que busca frutos, que valora tanto el resultado como el proceso, es decir el trabajo mismo.

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